Hubo alguien que no aprendió a rendirse con facilidad.
No porque fuera más fuerte que otros, sino porque entendió que los proyectos importantes no se sostienen solo con entusiasmo, sino con decisión cuando el cansancio aparece.
Atravesó desafíos de todo tipo.
Algunos visibles, otros silenciosos.
Momentos en los que la presión no llegó de golpe, sino que se acumuló, día tras día, poniendo a prueba la fe en lo que estaba construyendo.
Conoció la frustración.
También las dudas que nadie ve y el cansancio que apenas alcanza para seguir avanzando.
Aprendió que ese estado no es señal de fracaso, sino parte del proceso de crear algo que vale la pena.
Entendió también que las puertas ya estaban abiertas.
Que el Creador no escatima oportunidades ni retiene caminos posibles.
Las salidas estaban ahí, visibles para quien se detuviera a mirar.
Pero ninguna puerta se cruza sola.
Ninguna oportunidad se aprovecha sin decisión.
Y ningún avance ocurre sin el esfuerzo consciente de dar el paso, aun cuando pesa.
Cuando ya no quedaba margen, no apareció una solución perfecta.
Apareció dirección.
Un paso posible.
Y la responsabilidad clara de atravesar la puerta en lugar de quedarse contemplándola.
No fue alivio inmediato, fue certeza.
La convicción tranquila de que el camino respondía en la medida en que él avanzaba.
Con el tiempo, algo empezó a ordenarse.
No por azar, sino por coherencia.
Las decisiones se volvieron más claras.
El trabajo comenzó a dar fruto.
Y lo que antes parecía oportunidad distante se transformó en realidad habitada.
Algunas personas no continuaron el trayecto.
No por error, sino porque no todos están dispuestos a pagar el precio que exige cruzar ciertas puertas.
La meta nunca fue un aplauso inmediato.
Fue llegar con sentido.
Haber aprovechado lo que estuvo disponible.
Haber respondido al llamado con acción.
Y conservar intacta la dignidad de quien entendió que, aunque las puertas se abran desde lo alto, el paso siempre se da desde adentro.
