Firmeza y orgullo no son lo mismo

Firmeza y orgullo no son lo mismo

Camina despacio.
La arena aún conserva el calor del día y el mar, tranquilo, parece respirar al ritmo del cielo que se apaga.

No hay nadie más en la playa.
Solo el sonido constante de las olas y un atardecer que no pide ser explicado.

Mientras avanza, piensa en algo que ha aprendido con el tiempo:
hay una diferencia profunda —aunque muchas veces incómoda— entre el orgullo y la firmeza.

El orgullo, recuerda, se levanta para no caer.
La firmeza, en cambio, se sostiene porque ya está de pie.

Mira el horizonte.
Defender una posición no siempre se parece a una lucha.
A veces se parece más a esta caminata:
sin prisa, sin ruido, sin necesidad de demostrar nada.

La firmeza no impone.
No se endurece.
No alza la voz.

Simplemente habita.

Piensa en los rechazos.
En los que dolieron y en los que confundieron.
Y entiende algo que antes le costaba aceptar:
no todo rechazo nace de una mala intención.

Muchas veces nace del lugar interior desde el cual el otro está habitando la vida en ese momento.
De aquello que todavía está ordenando.
De lo que aún no sabe nombrar.
De la forma —a veces imprecisa— en que intenta comprender lo que siente.

Cada persona decide desde su propio sentir.
Y ese espacio, como el mar frente a él, no se puede forzar.

Por eso, cuando el rechazo aparece, la firmeza no invade.
No empuja, no cruza límites.

Respeta.

Hay momentos —piensa mientras deja huellas sobre la arena húmeda— en los que lo más sano no es avanzar hacia el otro, sino observar.

Adoptar una posición de vigía.
No para intervenir.
No para anticipar respuestas.
Sino para dar espacio a lo que el otro aún está intentando comprender.

Y comprender eso no significa hacerse pequeño.
No implica explicarse de más.
No obliga a justificar lo que, cuando es real, no necesita demostración.

La firmeza no se explica: se encarna.
Como el mar que sigue siendo mar, aunque nadie lo mire.

Piensa en las relaciones.
En la pareja.
En los padres y los hijos.
En maestros, alumnos, clientes, personas que se cruzan en distintos momentos de conciencia.

A veces —lo sabe— se busca a otro.
No porque el anterior fuera insuficiente, sino porque lo que despertaba resultaba demasiado.

Y ahí, mientras el sol empieza a tocar el horizonte, entiende algo más:

Alejarse desde el miedo no siempre sana.
Muchas veces, sin notarlo, alimenta lo que se evita.

Por eso la firmeza también sabe retirarse con conciencia.
Sin hacer ruido, sin necesidad de explicaciones, sin desmentirse.

Sigue caminando.

Piensa en el trabajo, en los procesos invisibles, en todo lo que ocurre tras bambalinas.
En cómo muchas cosas solo se valoran cuando ya no están.

Como la luz del día.
Como una presencia honesta.
Como un cuidado constante.

Hay rechazos que no cierran del todo.
Decisiones tomadas desde la superficie que dejan una inquietud flotando, como este cielo que aún guarda color aunque el sol ya se va.

Defender una posición —concluye mientras el mar se oscurece— no es insistir.
Es no moverse de lugar por miedo a incomodar.

Es respetar el proceso del otro
sin renunciar a la propia dignidad.

Se detiene.
Respira.
El día termina.

Hay valores que no se negocian.
Hay presencias que no se reducen para ser aceptadas.
Y hay verdades que, como este atardecer, no se imponen.

Se sostienen.

Carlos Castillo Aguilar
Hay verdades que no se imponen: se sostienen.