Hay momentos en los que las cosas valiosas para nosotros junto con nuestras emociones cambian sin pedir permiso.
Momentos en los que la vida nos invita a detenernos, a reaprender, a escuchar lo que antes parecía secundario. No todo se quiebra de golpe, pero algo se transforma para siempre.
A veces nos preguntamos por qué Dios permite ciertos procesos. Y quizás no exista una respuesta que calme del todo. Este mundo, tal como lo conocemos, está marcado por la fragilidad: nada es completamente estable, nada es permanente. No porque Dios se complazca en el dolor, sino porque la vida aquí es tránsito, no destino.
Y, aun así, hay personas que atraviesan ese tránsito con una dignidad que no hace ruido. Personas que,
habiendo tenido razones para endurecerse, eligen permanecer humanas. Cercanas. Íntegras. Personas que no se definen por lo que perdieron, sino por la manera en que aprendieron a habitar la incertidumbre sin perder sentido.
Hay personas que no necesitan demostrar nada para ser valiosas. Su sola manera de estar —de hablar, de cuidar, de sostenerse— ya comunica algo distinto. No porque hayan vencido todas las batallas, sino porque aprendieron a no perderse a sí mismas en medio del proceso. Ese tipo de fortaleza no se impone: se reconoce. Y cuando se reconoce, eleva.
Hay una fuerza que no nace de lo tangible ni de la voluntad pura. Una fuerza silenciosa, que se aprende en el camino, que se cultiva en la oración, que se sostiene cuando lo de antes ya no responde de la misma manera. Esa fuerza no humilla, no exhibe, no reclama.
Simplemente permanece. Y, al permanecer, inspira.
Quizá por eso Dios permite que algunas historias sean más exigentes: no para castigar, sino para revelar. Para r ecordarnos que lo valioso no se desvanece cuando ya no es igual, sino cuando se pierde la verdad. Que la autonomía puede convivir con la ternura. Que la fe no siempre cambia lo que aparece ante los ojos, pero sí sostiene lo que somos.
Todo esto es pasajero. Incluso lo que hoy es.
Pero hay algo que no pasa: la presencia de Dios en medio del proceso. La certeza de que no caminamos solos.
La convicción de que, aun en lo frágil, el Cielo sigue llamando.
Y cuando el Cielo llama, no lo hace para alejarnos de la vida, sino para enseñarnos a vivirla con más verdad, más compasión y más esperanza. Porque a algunos, Dios nos llama a ser semilla: a reflejar, incluso en lo pequeño y lo frágil, su soberanía, su amor, su misericordia y su perdón.
