La Coherencia como forma de permanencia

Hay acercamientos que no nacen del impulso,
sino de una deliberación silenciosa.

No surgen de la urgencia emocional,
sino de la claridad de quien comprende que el tiempo —propio y ajeno—
no es un recurso menor, sino una forma de respeto.

Por eso, cuando alguien decide acercarse
d
espués de haber observado, pensado y elegido,
n
o hay espacio real para el malentendido.
H
ay intención consciente.

No llegó para irrumpir en ningún proceso.
Ll
egó con una presencia medida, con escucha activa,
co
n la prudencia de quien no necesita adelantarse para existir.

Estar nunca significó ocupar.
Sig
nificó acompañar sin interferir.

Hay palabras que no se escriben para ser enviadas de inmediato.
Hay
mensajes que exigen relectura, no para corregir al otro,
sino
para ordenarse uno mismo.

Pensar antes de hablar no es duda.
Es re
sponsabilidad emocional.

Se manifestaba un tempo con o sin figuras en el pentagrama,
ahí en
el interior definido.
Este a
vanza y se atiende por quien conoce lo cognitivo y emocional.

Una historia que no se articula en una sola conversación.
Una sen
sibilidad en proceso de reorganización,
una per
cepción ajustándose lentamente,
una int
erioridad en reconfiguración,
un espa
cio interno reordenando sus límites.

Eso no fue ignorado.
Fue cons
iderado.

Porque comprender no siempre implica coincidir,
pero sí r
espetar.

Sin embargo, hay momentos en los que la distancia aparece
no como un
a elección deseada,
sino como
una condición impuesta
por el con
texto interno del otro.

No se discute.
No se negoc
ia.
Simplemente
se presenta
y exige una
respuesta madura.

Él no debatió interpretaciones.
No intentó r
eescribir percepciones ajenas.
No reaccionó
desde la herida
ni desde el
impulso defensivo.

Eligió el camino más difícil:
ordenar prime
ro el pensamiento
y hablar solo
desde un corazón en calma.

Hay presencias que, aun siendo honestas,
dejan de ser h
abitables para quien las recibe.
No por intenci
ón.
Por momento vi
tal.

Aceptar eso no es resignación.
Es lucidez.

Al final, cuando las luces se apagan
y todo lo que qu
eda fuera del marco de la puerta se aquieta,
comienza otro mo
mento.

Al cerrarse ese límite,
cuando solo perma
nece lo que uno es
y aquello que, co
n esfuerzo, ha sabido conservar,
aparece una verda
d distinta.

En la quietud de las cuatro paredes,
lejos de las sonri
sas prestadas
y de los gestos co
mpartidos,
el corazón se reve
la sin intermediarios.

Es ahí donde se comprende
que lo visible fue
compañía,
pero que la realida
d más exigente
siempre espera en s
ilencio.

Y desde esa lucidez se reconoce algo esencial:
el propio valor no s
e negocia,
no se reduce por la
circunstancia
ni se diluye ante la
distancia.

La experiencia enseña
que lo genuino no se
abandona,
sino que se encauza,
y que la disposición a luchar permanece
cuando se hace desde
la forma correcta.

No hubo retirada estratégica.
Hubo contención consci
ente.

La contención de quien entiende
que insistir puede conv
ertirse en ruido.
La de quien no transfor
ma el cuidado en argumento.
La de quien no usa la b
ondad
como presión encubierta
.

No quedó reproche.
Quedó silencio estructur
ado.

Ese silencio que no reclama validación,
no exige comprensión inme
diata,
y no necesita ser explica
do
para ser legítimo.

Algunas historias no piden cierre narrativo.
Piden coherencia interna.

Y hay personas que, cuando alcanzan ese nivel de comprensión,
no se apartan, sino deciden
permanecer fieles
a la forma ética en la que
eligieron estar desde el inicio.

Carlos Castillo Aguilar
(Refl
exiones personales)