Hay viajes que comienzan con la ilusión de conocer nuevos lugares, descansar un poco de nuestras responsabilidades y disfrutar de la compañía de buenos amigos. Sin embargo, algunas veces regresamos con mucho más de lo que habíamos imaginado: nuevas amistades, experiencias que nos hacen reflexionar y una comprensión más profunda de las personas que Dios ha puesto en nuestro camino.
Hace poco tuve la oportunidad de vivir una de esas experiencias. Compartí algunos días con amigos a quienes aprecio y con personas que apenas comenzaba a conocer. Entre conversaciones, recorridos, risas y momentos inesperados, fui confirmando algo que he aprendido con los años: siempre hay algo nuevo que descubrir en quienes nos rodean.
Me parece extraordinario cómo Dios permite que nuestras vidas coincidan con las de otras personas. Algunas llegan para acompañarnos durante muchos años; otras aparecen en determinadas etapas y, sin que lo hayamos previsto, comienzan a ocupar un lugar especial en nuestros recuerdos y afectos.
Cada persona trae consigo una historia, una manera de pensar, una sensibilidad particular y experiencias que pueden enseñarnos mucho.
Naturalmente, compartir también significa encontrarnos con nuestras diferencias. No siempre tenemos las mismas expectativas, ni coincidimos en nuestras opiniones o decisiones. En ocasiones creemos tener la mejor idea y solamente después, al conocer los resultados, comprendemos si realmente lo era.
Y eso también es parte de conocernos.
Durante aquellos días hubo oportunidades para conversar, comprender otros puntos de vista y reconocer que cada uno experimenta las circunstancias de manera distinta.
Siempre he pensado que escuchar con atención permite descubrir cosas que difícilmente conoceríamos si estuviéramos demasiado ocupados intentando expresar nuestras propias opiniones. A veces prefiero guardar silencio, observar cómo se desarrolla una conversación y comprender mejor lo que cada persona quiere decir.
Con el tiempo también he aprendido que no todos interpretamos el silencio de la misma manera. Para algunos puede significar distancia; para otros, tranquilidad. En mi caso, muchas veces es simplemente una manera de estar presente, de disfrutar de lo que sucede y de prestar atención a quienes me rodean.
Aunque también reconozco que hay momentos en los que podría expresar mejor lo que pienso o siento.
Compartir durante varios días nos permite descubrir esas pequeñas particularidades de nuestra personalidad que, en encuentros más breves, quizás pasan inadvertidas.
También nos enfrenta a circunstancias inesperadas, algunas fuera de nuestro control, que nos recuerdan la importancia de ser considerados, escuchar y comprender que nuestras buenas intenciones no siempre evitan las incomodidades.
Pero también están esas pequeñas alegrías que hacen especial la convivencia. Disfrutar de las ocurrencias de nuestros amigos, consentirlos y hasta alcahuetearles algunos gustos tiene su encanto. Personalmente, encuentro mucha satisfacción en verlos felices, aunque no siempre sea quien más lo exprese.
He aprendido que compartir también requiere flexibilidad. A veces conviene escuchar, ceder o simplemente permitir que las cosas sucedan; otras, expresar con respeto lo que pensamos. No siempre encontramos ese equilibrio, pero cada experiencia nos ayuda a comprendernos mejor.
Quizás por eso considero que nunca terminamos de conocernos. Incluso después de muchos años de amistad, seguimos descubriendo nuevas facetas de quienes nos rodean y también de nosotros mismos.
Y en todo esto reconozco a Dios, quien nos permite coincidir con personas que enriquecen nuestra vida y nos enseñan, incluso mediante nuestras diferencias, a ser más pacientes, comprensivos y agradecidos.
En esta etapa de mi vida, mientras continúo desarrollando proyectos y asumiendo responsabilidades profesionales, también he comprendido la importancia de reservar tiempo para disfrutar de las personas que quiero. Caminar por una ciudad, compartir una conversación o simplemente acompañarnos durante unos días son experiencias que merecen un lugar en nuestros planes.
Porque mientras trabajamos por alcanzar nuestras metas, también necesitamos disfrutar de la vida que estamos construyendo.
Hoy agradezco a Dios por las amistades de tantos años y por las nuevas personas que me permite conocer. Por las conversaciones, las risas, las diferencias y esos momentos inesperados que terminan enseñándonos tanto.
También agradezco la oportunidad de seguir aprendiendo sobre mi propia manera de relacionarme con los demás, de escuchar mejor, expresar lo que siento y comprender que cada persona tiene una forma particular de vivir y compartir la amistad.
No sé cuántos viajes más tendremos la oportunidad de realizar ni cuántas personas nuevas llegarán a nuestras vidas. Pero espero conservar siempre la disposición de conocerlas, apreciarlas y aprender de ellas.
Al final, las buenas amistades necesitan tiempo, consideración y la libertad de permitirnos ser quienes somos.
Y quizás lo más bonito sea comprender que nunca terminamos de conocernos, porque siempre habrá nuevas oportunidades para compartir, descubrirnos y seguir creciendo juntos.
Carlos Castillo Aguilar
«Conocer a alguien también es aprender a comprender sus silencios, respetar sus diferencias y encontrar alegría en aquello que le hace feliz».
